CÁSCARAS DE NARANJA
Aún lo recuerdo bien. Viajaba en tren desde Vitoria hacia Burgos, donde trabajaba de asistenta, cuando un soldado de aspecto desaliñado abrió la puerta del compartimento y se sentó frente a mí.
Yo en cambio, volvía de hacer el servicio militar con la "blanca" en una mano y el petate desgastado en la otra. Entré en el compartimento del tren y mi corazón se desbocó en el mismo momento que la vi. Era una muchacha exuberante. Me senté frente a ella.
El soldado me empezó a mirar de manera insultante, como si nunca hubiera visto a una mujer. Su arrogancia parecía no tener fin.
La miré hasta la extenuación. No podía apartar mis ojos de una belleza tan sublime. Creí morir de amor pues supuse que ella nunca se fijaría en mí.
Él, abrió el petate del que sacó una naranja a la que parecía haberle sacado lustre. La peló y arrojó el gajo por la ventanilla del tren. Seguidamente, comenzó a comerse la cáscara de la naranja. No pude resistirme sin preguntarle, si acaso no era mejor comerse el gajo de naranja que sus peladuras.
En verdad le puede decir que resultan asquerosas, le conteste a la muchacha, si bien, mi única pretensión era hablar con usted.
Ahora, después de cuarenta años casada con Lorenzo, nunca le he vuelto a ver comer naranjas.